La batalla cultural

 

         La cancelación del concierto de Luis Pastor y su hijo (este cargo de cantautor, como tantas cosas en España, es hereditario) ha dado un poco de vida a la crema de la intelectualidad de izquierdas, anquilosada por cuatro décadas de plácido monopolio cultural. Por fin había algo contra lo que indignarse, por fin “la derecha” mostraba su fondo inquisitorial, por fin les perseguían a los progresistas…, aunque sólo fuera un poquito. Sin duda, Luis Pastor es un tío con suerte, no le van a faltar ni los “bolos” ni las subvenciones en los próximos años. No hay mejor negocio que el de que censuren tu obra y te conviertan en “víctima del fascismo”. Hasta un articulista de El Mundo hablaba sobre la “batalla cultural” que la derecha plantaba a la dictadura progre. Ni que decir tiene que se trataba de la típica serpiente de verano, como las apariciones del monstruo del Lago Ness. Algo con lo que llenar una hoja en blanco y redactar un manifiesto en el que se muestre bien a las claras que los abajofirmantes son de una lealtad inquebrantable a los inmortales principios de Octubre.

Todo esto no es más que una tormenta en un vaso de agua. Para que en España la derecha presente una batalla cultural se tienen que dar dos elementos: la “derecha” y la “cultura”. En cuanto al primero de los ingredientes, cabe decir que, con la excepción de VOX, en España llamamos “derecha” al sector más conservador del consenso socialdemócrata, pero no hay superstición ni consigna del credo progre que los populares no hayan asumido. Descafeinado, edulcorado y desnatado, el ligerísimo bagaje de ideas del PP no se diferencia esencialmente del del resto de la izquierda, salvo en que es de digestión más lenta, pero de aplicación igual de implacable: véanse la Ley Cifuentes en Madrid o las disposiciones de Memoria “Histórica” en Murcia o Galicia, por ejemplo, que en nada desmerecen de las que pueda aprobar Podemos. El que los ediles de Aravaca hayan cancelado un concierto de músicos de extrema izquierda es un hecho aislado, producto de unas decisiones puramente personales, que está en contradicción con la política habitual de la “derecha”, que consiste en asumir el trágala rojo-arcoíris y recibir sumisa y sonriente las lavativas propagandísticas de la izquierda.

En segundo lugar, confundimos cultura con espectáculo. Cuando igualamos a Luis Pastor con Beethoven o a Almudena Grandes con Jünger, indudablemente sumamos peras con manzanas. Son mundos aparte. La cultura nada tiene que ver con lo que en los periódicos usurpa su nombre. Es una cuestión de jerarquía. Si nos fijamos en la cultura de verdad, lo que los alemanes llamaban Kultur, nos sorprenderá ver que en el corto número de los inmortales figuran más nombres conservadores y hasta fascistas que de progres: Borges, Goethe, Valéry, Schopenhauer, Chesterton, Richard Strauss, Baroja, T.S. Eliot, Evelyn Waugh, Spengler, Heidegger, Pessoa, Pound, Cocteau, Georg Kolbe, Céline, Dalí… e incluso también ídolos de la contracultura secuestrados por el progresismo, como el mismísimo Jack Kerouac, Gaudí o Lovecraft. Pero si nos fijamos en la cantidad de intelectuales que firman manifiestos, van a las grandes protestas y “crean” en talleres de escritura, la izquierda gana por goleada. Su obra es espuma de los días, aunque cuente con un poderoso aparato de agit-prop y se beneficie de esa industria de bombos mutuos y autoelogios masivos que es el “aparato cultural” de los medios de comunicación. Su obra es extensa pero no intensa, quizá por el simple hecho de que está fabricada en serie para repetir machaconamente lugares comunes de un adocenado didacticismo. Pero, por la función que se le da, es un comedero de gran importancia para toda la masa del proletariado cultural que crean nuestras universidades. Y no creo que merezca la pena detenerse en las centenarias y esclerotizadas academias de la vanguardia pictórica y escultórica: hemos llegado a tal grado de idiotismo que el “arte” contemporáneo es una sucesión de chistes, hechos con el propósito de suscitar algún conato de escándalo entre un público indiferente.

¿Qué es un “intelectual”? Un militante oficioso, sin carné pero con nómina, del aparato de propaganda del Sistema.

¿Qué es pues un “intelectual”? Un militante oficioso, sin carné pero con nómina, del aparato de propaganda del Sistema. Un cura progre, un sermoneador, un mendicante que predica cruzadas, penitencias e indulgencias, según mande el bonzo de turno. El intelectual es alguien que participa en campañas y sigue consignas. Y, sobre todo, forma parte de un gremio investido de una autoridad casi sagrada por el hecho de “opinar”. Indudablemente, también se le puede definir como un emisor de opiniones, en el sentido platónico de la doxa frente a la episteme. No es la búsqueda de la verdad, en la que no cree, lo que mueve al intelectual progresista, sino la creación de un ambiente, la promoción de unas conductas y el mantenimiento de una presión ideológica que justifique unas ingenierías sociales. También, para mayor efectividad, es un rebelde domesticado. Tiene un margen de protesta, pero nunca discute de verdad las bases del sistema que le protege, sistema que necesita también a sus propios radicales.

No olvidemos tampoco otra cosa: hay sectores profesionales que dependen en extremo de la opinión pública, como los actores, por ejemplo. Sólo desde la divina altura de un Gérard Depardieu o de un Alain Delon puede un actor permitirse el lujo de desafiar a la corrección política. Hasta que llega ese momento, no le queda otra que trabajar en todos los pestiños tipo Novecento que les toquen. Ningún caso muestra mejor los extremos a los que llega el chantaje de la corrección política que la purga realizada por las feminazis de Me Too en Hollywood, que ha acabado con la carrera de artistas perfectamente inocentes de los cargos de los que se les acusa, como Woody Allen. El carácter estaliniano de lo que está pasando en Hollywood, donde cualquier opinión que no se atenga al radicalismo de la ideología de género lleva al imprudente a la ruina, nos enseña otra característica de las campañas de los intelectuales progresistas: su necesidad de ejecutar públicamente a un “culpable”, da igual lo fundamentado de los cargos. Hay que linchar a un chivo expiatorio que sirva de escarmiento a los demás. No es nada nuevo, la izquierda siempre necesita crear “monstruos”, suscitar la histeria de las masas y demonizar a alguien sobre el que se proyecte su resentimiento estructural. Al menos, las víctimas de Mac Carthy, que no fueron muchas, pasaron por un comité del Senado y tuvieron ocasión de defenderse. Por otro lado, todas eran comunistas, ninguna “víctima” del senador podía negar la autenticidad de las acusaciones.

La llamada “derecha” es perfectamente inculta; como decía Cánovas, las únicas letras que conoce son las de cambio.

Volviendo a nuestro país, la llamada “derecha” es perfectamente inculta; como decía Cánovas, las únicas letras que conoce son las de cambio. En el mejor de los casos defiende el liberalismo económico de Hayek o de Mises, que asume el nihilismo capitalista sin pestañear, ideas que no sin evidentes motivos suscitaron el entusiasmo de Foucault. Donoso, Maeztu, D’Ors o el propio Ortega son nombres olvidados en los despachos del poder de los presuntos conservadores hispanos. Si esto pasa con la tradición propia, imaginemos la abismal ignorancia de estos elegantes iletrados frente a la Nueva Derecha, la Revolución Conservadora, el eurasianismo de Duguin o cualquier otra peligrosa y herética innovación. Incluso en el campo del espectáculo, sus gustos no van más allá de Julio Iglesias, Raphael, José Manuel Soto y demás momias del mundo pijo. Ni siquiera se han planteado la conquista de figuras del rock, como podría ser Loquillo. Nada le gusta más a las derechas, incluso a VOX, que disfrazarse de su propia caricatura. En fin, que esa “batalla cultural” de la que hablan las izquierdas es un combate imaginario con un adversario inexistente.

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